Trump y la guerra interminable: del “Golfo de América” al escuadrón de la muerte en el Caribe
Al inicio de su segundo mandato, cuando Donald Trump anunció que el Golfo de México pasaría a llamarse Golfo de América, muchos lo tomaron como la típica fanfarronería nacionalista: un gesto vacío, una ocurrencia pintoresca. Hoy ese rebautizo parece la antesala simbólica de algo mucho más oscuro. Desde ese mismo mar —y hacia el Caribe y el Pacífico— la Casa Blanca ha desplegado una política que ya no parece un gobierno, sino una sucursal propia de Murder Incorporated, la mítica empresa del crimen organizado del siglo XX.
Lo que comenzó como retórica estridente terminó convertido en un operativo sistemático y letal: un programa de destrucción de embarcaciones que, sin investigación previa ni responsabilidad posterior, ha dejado hasta ahora al menos 64 muertos. Ninguna autoridad estadounidense ha demostrado que las lanchas destruidas transportaran drogas, tal como insiste Washington. Solo existen videos difundidos por el propio gobierno: planos aéreos, un bote corriendo sobre el agua y después un destello blanco. Y silencio. Una película snuff serializada por redes oficiales.
Una guerra con ritmo de metrónomo
Si septiembre inició con un ataque cada semana, octubre cerró con uno cada 24 horas. Cuatro embarcaciones fueron destruidas el 27 de ese mes en un mismo día. La geografía letal también se expandió: de las aguas frente a Venezuela, hacia Colombia y Perú, ya en el Pacífico.
Sin identificar a las víctimas ni presentar pruebas, Trump insiste en que se trata de “guerra contra cárteles”. Las muertes, sin embargo, podrían corresponder a pescadores, migrantes o pasantes de mala suerte.
El vicepresidente JD Vance —nuevo ideólogo de la venganza trumpista— lo celebra con cinismo: ha bromeado sobre “pescadores muertos” y ha dicho que “le importa un carajo” si es legal.
Trump, fiel a sí mismo, va más lejos:
“Vamos a matar personas. ¿Okey? Las mataremos. Estarán, bueno… muertas.”
Un presidente que se jacta de ordenar ejecuciones extrajudiciales a cámara abierta. Y un país —o al menos sus instituciones— que parece ya no inmutarse.
Todo esto tiene historia
Sería cómodo pensar que Trump inventó la barbarie. No es así. Lo que ha hecho es llevar al extremo una lógica creada por muchos de sus antecesores.
La guerra a las drogas comenzó en 1971 con Richard Nixon, que lanzó una “ofensiva total” mientras miles de soldados eran adictos a la heroína en Vietnam. La DEA nació en 1973 y su primera gran operación en México replicó tácticas de contrainsurgencia: fumigaciones aéreas, tortura, desapariciones. Académicos mexicanos han documentado cómo esa campaña ayudó a gestar las primeras estructuras paramilitares que después serían llamadas “cárteles”.
Con Gerald Ford y Jimmy Carter la DEA se expandió internacionalmente; con Reagan la guerra tomó tintes delirantes. La CIA trabajó con redes de narcotráfico al mismo tiempo que la DEA las combatía. En Bolivia, Colombia y Chile, golpes de Estado, represiones y torturas se disfrazaron de lucha antinarcóticos.
El caso Pinochet lo encarna bien: reprimía a traficantes y opositores mientras su entorno hacía millones exportando cocaína.
George H.W. Bush convirtió la política en espectáculo: pagó a un vendedor menor de crack para que entregara drogas cerca de la Casa Blanca y así justificar un discurso televisado. Después invadió Panamá para capturar a Manuel Noriega, antes su aliado.
Clinton profundizó la encarcelación masiva y lanzó el Plan Colombia, privatizando la guerra mediante empresas como DynCorp. El resultado fue devastador: cientos de miles de muertos, selvas arrasadas, y hoy el doble de territorio dedicado al cultivo de coca respecto al año 2000.
George W. Bush militarizó México a través de Calderón, dejando un país partido por decenas de miles de homicidios. Obama mantuvo el Plan Mérida y desoyó los llamados internacionales para acabar con la guerra. Trump, en su primer mandato, ya había permitido la masacre de civiles en Honduras durante un operativo de la DEA. Joe Biden redujo algunos excesos, pero siguió financiando militarización.
Es decir, Trump no inventó la guerra:
solo la lleva a su conclusión más brutal y descarada.
La normalización del horror
En agosto reciente, Trump anunció una operación en Nueva Inglaterra contra el “cártel de Sinaloa”: 171 “arrestos de alto nivel”. Periodistas del Boston Globe descubrieron después que la mayoría de los detenidos eran adictos, vendedores de dosis mínimas o personas sin vínculo alguno con ninguna organización criminal.
El trumpismo no oculta su intención: convertir la “guerra contra las drogas” en una guerra literal, con bombardeos a México “en secreto” y ataques a Venezuela sin autorización del Congreso.
Mientras tanto, los videos de ejecuciones en alta mar continúan circulando desde cuentas oficiales, recibidos con indiferencia por una parte de la opinión pública y con entusiasmo por la base trumpista, a quienes se les ha enseñado a ver en cada latino un enemigo.
¿Quién dirá basta?
Esa es la pregunta amarga.
Tras cinco décadas, la “guerra a las drogas” se ha convertido en un aparato autónomo: burocracias, corporaciones de seguridad, intereses militares y electorales que dependen de que nunca termine. Y ahora tiene un presidente dispuesto a usarla como herramienta de exterminio político y étnico.
El resultado es este momento histórico:
un presidente que ordena asesinatos en serie, los transmite como propaganda y descubre que, salvo algunas excepciones, casi nadie en el poder está dispuesto a detenerlo.
La guerra más larga de Estados Unidos ha llegado a su forma final: una política sin límites, sin evidencia, sin debate y sin humanidad.
Y, como siempre, los muertos flotan lejos de sus costas.
