Epstein vuelve del más allá: el fantasma que fractura a Trump y sacude al Capitolio
Washington y Nueva York. Jeffrey Epstein, financiero prodigio para unos y pedófilo convicto para otros, regresó esta semana desde la ultratumba para cobrar viejas facturas políticas. Su sombra, que nunca dejó realmente los pasillos del poder, obligó a un Congreso dominado por republicanos —el mismo partido del presidente Donald Trump— a votar abrumadoramente por la liberación de todos los archivos que el Departamento de Justicia resguarda sobre el magnate caído.
Trump, que se empeñó durante días en frenar la publicación de los documentos, terminó por ceder cuando vio que la rebelión venía de casa: legisladores de su propio movimiento, presionados por sus bases y por las víctimas de Epstein, lo dejaron solo ante una derrota inevitable. Entonces giró el timón y anunció su apoyo, aunque —fiel a sí mismo— con condiciones.
La escena del martes fue difícil de olvidar: desde la galería del público en la Cámara de Representantes, varias mujeres que fueron adolescentes cuando Epstein y sus amigos abusaron de ellas contuvieron el aliento. El tablero marcó 427 votos a favor y uno en contra, y la sala se llenó de un grito ahogado de victoria. Lo que aprobaron obliga a la procuradora general a publicar, en un formato totalmente buscable, todos los documentos no clasificados relacionados con Epstein, Ghislaine Maxwell, sus vuelos, sus correos, sus socios, sus protectores y sus silencios.
Pocas horas después, el Senado ratificó la medida y la envió a la oficina de Trump, quien anunció que la firmará.
Triunfo a medias
Pero incluso en el júbilo, las víctimas no cantan victoria. Aliados de Trump lograron incluir cláusulas que podrían retrasar la publicación o dejar ciertos archivos fuera de la luz. Después de cinco años de empujar por transparencia, saben que el diablo —como siempre con Epstein— está en los detalles.
Epstein se suicidó en 2019 en una celda de Manhattan mientras esperaba su juicio por tráfico sexual de menores. Maxwell purga una condena de 20 años por reclutar adolescentes para él y sus amigos. Y entre esos amigos, el más visible —por frecuencia documental y por años de cercanía— es Donald Trump. Miles de páginas ya divulgadas lo mencionan mucho más que a cualquier otro político o empresario influyente, y abundan las fotos y videos donde aparece con Epstein, Maxwell y grupos de mujeres jóvenes en fiestas nocturnas.
Trump insiste en que rompió relación con él en 2005 porque lo consideraba “un perverso”. Sin embargo, es difícil ignorar su propio prontuario: más de 20 acusaciones de acoso, una condena por agresión sexual y la célebre frase de que los hombres famosos pueden “agarrar a las mujeres por los genitales”.
Un álbum incómodo del poder
En los archivos ya públicos desfilan nombres conocidos: Bill Clinton, Steve Bannon, Peter Thiel, periodistas del New York Times, financieros de Wall Street. El primer caído de ese círculo fue el príncipe Andrés, despojado de títulos y privilegios. El segundo, Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro y ex rector de Harvard, quien esta semana abandonó su vida pública entre disculpas y “vergüenza”.
En México, por ahora, solo aparece una mención: un correo de Epstein en 2010 donde presume haber “charlado con una chava mexicana rubia guapa de 22 años”. Nada más.
La fractura trumpista
Más allá del morbo, el terremoto político ya comenzó. Figuras ultraleales a Trump, como Marjorie Taylor Greene y Thomas Massie, se han rebelado públicamente exigiendo transparencia total. Greene incluso criticó que la Casa Blanca dedique tiempo a líderes extranjeros y exigió un regreso a los temas domésticos que la base trumpista considera urgentes.
El desencuentro le costó caro: Trump retiró su apoyo a Greene. Pero ella no retrocedió.
Hoy, Greene y Massie —ambos defensores de limitar la autoridad del presidente para iniciar guerras sin el Congreso— emergen como los vencedores dentro de su propia bancada. Hasta hace poco eran voces aisladas; hoy hicieron retroceder al presidente que parecía intocable.
Comienza la batalla
El episodio deja ver lo que muchos en Washington murmuran: el dominio absoluto de Trump sobre su partido ya no es tan automático. Y lo que está en juego no es solo el acceso a los archivos de Epstein, sino el rumbo del movimiento político que él encabeza.
Lo peor puede estar por venir. Si la divulgación revela nombres y detalles que hoy se ocultan, el escándalo puede escalar a crisis. Y si la Casa Blanca intenta frenar lo que debe publicarse, la sombra de Epstein —que ya ha derribado a príncipes, rectores, empresarios y políticos— podría desencadenar algo todavía más corrosivo.
Al final, en Washington saben de memoria una lección eterna:
no son los escándalos los que destruyen gobiernos, sino los intentos de encubrirlos.
