Molino de Camou.- El camino de terracería que lleva al ejido Molino de Camou amanece cubierto por un polvo fino que el viento mueve con suavidad, como si también quisiera acomodarse para ser testigo de los hechos.
Precisamente donde hasta hace poco había un basurero que se fue improvisando por la falta de atención de autoridades municipales, ahora el terreno se encontró en otro ambiente, donde el respirar de alumnos, familias enteras y ambientalistas se tejió al compas de palas y talachos que abrieron la vida con la limpieza del terreno y los árboles nativos que fueron plantados en lo que fue polvo y basura.
Un nuevo paisaje de avisora con el entusiasmo de reforestar esta zona del río Sonora que ha sido afectada por la falta del agua que se encuentra estancada en una presa que fue promesa y se convirtió en olvido de las comunidades del Molino de Camou.
Gustavo Dueñas, coordinador del Noroeste del proyecto para la restauración del Río Sonora, relata esta historia mientras observa cómo un grupo de estudiantes coloca cuidadosamente una plántula en un pequeño hueco. “Aquí estamos trabajando junto con Ismael Limón y con los pobladores del ejido. Lo que era un tiradero lo estamos convirtiendo en un bosque con el método Miyawaki y con diseño ecohidrológico”.
La labor hace vibrar la tierra con la fuerza comunitaria. Bajo las carpas instaladas para dar sombra, mujeres del ejido preparan café, burritos y salsas recién molidas. Más tarde, llegaron clubes de motociclistas y otras agrupaciones que se han sumado a la causa: quienes antes pasaban de largo en sus moticicletas por la ruta del río Sonora, ahora vienen a ver cómo se puede cambiar un paisaje con trabajo colectivo.
Gustavo explica que ese diseño permitirá que el terreno resista tanto la abundancia como la escasez de agua. “Queremos que este espacio sea resiliente. Es el preámbulo de una nueva manera de relacionarnos con la naturaleza, y la intención es llevar este ejemplo también a los sectores ganadero y agrícola”.
El ambiente es familiar, casi festivo: niños que cargan cubetas, jóvenes de secundaria y preparatoria que llegan con guantes prestados, y voluntarios que viajan desde Hermosillo solo para ver cómo brota algo que fue borrado por el plan de la presa El Molinito.
“Este punto de la ciudad es estratégico”, comenta el coordinador. “Puede convertirse en un pulmón para Hermosillo”.
Mientras una línea de manos pasa plantas de uno en uno, en otra zona se escucha el sonido de palas, picos y escobas que acomodan la tierra. Todo avanza con la mezcla precisa entre herramienta y esfuerzo humano.
El proyecto, cuenta Gustavo, forma parte de una estrategia mayor para recuperar y sanear el Río Sonora. “Tenemos cuatro campamentos funcionando: Cananea, Banámichi, Moctezuma y aquí en Molino de Camou. Todos dentro de la cuenca”, detalla.
Los estudiantes de la Universidad de la Sierra también están en este proyecto río arriba: toman notas, fotografían los suelos, escuchan instrucciones. “Participan con mucha visión profesional”, dice Gustavo, viendo cómo un grupo mide la humedad antes de plantar.
La escena va más allá de un simple día de reforestación. En este pedazo de tierra se apuesta por especies nativas, se favorece la infiltración de agua, se impulsa la presencia de polinizadores y se trabaja para mitigar el cambio climático. Pero también se cocina algo más: desarrollo comunitario, uso de energías renovables, reducción de basura y nuevas formas de aprovechar el agua en hogares y escuelas, desde la cosecha de lluvia hasta el uso de aguas grises.
Cuando cae la tarde, el viento vuelve a mover el polvo, pero ahora se topa con pequeñas sombras nuevas: árboles recién plantados que prometen quedarse. Aquí, en lo que fue un basurero, un bosque comenzó a abrirse paso. Y con él, una comunidad que decidió cambiar el destino de su río.
