Han pasado dieciséis años desde que las llamas consumieron la Guardería ABC en Hermosillo, Sonora. Cuarenta y nueve niñas y niños murieron aquel 5 de junio de 2009. Cientos más cargan secuelas físicas y emocionales, al igual que sus padres y madres, que han transformado el dolor en una lucha constante. El incendio fue, y sigue siendo, una herida abierta en el alma de México.
Ahora, con la detención en Estados Unidos de Sandra Lucía Téllez Nieves, una de las dueñas de la estancia infantil, el caso ha vuelto a ocupar titulares, pero también ha revivido las conexiones incómodas, los silencios cómplices y la red familiar de la impunidad. Y entre esos hilos, surgió un nombre que desde hace años ha oscilado entre la denuncia y la conveniencia política: Lilly Téllez.
Una verdad que incomoda
Fue Patricia Duarte, madre del pequeño Andrés, que vive en la memoria colectiva, lanzó la primera estocada, no como ataque, sino como ejercicio de memoria y dignidad. En redes sociales escribió:
“Sandra Lucía Téllez Nieves (dueña ABC) sí es pariente de Lilly Téllez, son primas hermanas, me enteré directamente por la senadora panista en un encuentro que ella solicitó con nosotros cuando llegó al Senado por el partido Morena”.
El comentario encendió la conversación pública. La relación entre la senadora y una de las implicadas en el caso reavivó sospechas y trajo consigo el recuerdo de una historia que algunos actores políticos preferirían sepultar.
Lilly Téllez respondió como suelen hacerlo quienes se sienten por encima del juicio moral: con frialdad, condescendencia y un estilo que roza la falta de respeto. En una carta enviada a Patricia Duarte, la senadora escribió:
“Yo celebro que Sandra Lucía Téllez, quien no es mi prima, sea presentada ante la justicia”.
Y más adelante, como quien busca desacreditar el testimonio de una madre herida, añadió:
“Qué lamentable que usted no recuerde que me buscó, sumamente alterada —y con justa razón— para pedirme el apoyo cuando Morena les quitó los servicios médicos al llegar al poder”.
Ese “sumamente alterada” no es una frase inocente: es un intento de restarle valor al reclamo legítimo de una madre que exige justicia. Es un dardo envenenado disfrazado de solidaridad. Y es, sobre todo, una falta de dignidad para con quienes han mantenido viva la memoria de sus hijos.
Un silencio que pesa como culpa
En un acto de respaldo y de memoria compartida, Julio César Márquez, padre de “Yeyé”, otro de los niños de la guardería, confirmó la versión de Patricia. En redes sociales narró que, en una reunión celebrada en un restaurante de Hermosillo con la entonces candidata a senadora, Lilly Téllez reconoció su parentesco con Sandra Lucía Téllez Nieves:
“Incluso dijo que había tenido problemas familiares por negarse a apoyar a su familiar, hoy detenida con fines de extradición”.
Márquez lo dijo claro: “Un parentesco no genera responsabilidad jurídica, pero el silencio sí genera complicidad moral”.
Y es ese silencio el que ha marcado la conducta de Lilly Téllez. Porque, lejos de sumarse a la exigencia de justicia con claridad, ha optado por evadir, minimizar, y acusar a otros. En su carta también arremetió contra la presidenta Claudia Sheinbaum por querer “premiar a la exgobernadora Claudia Pavlovich -defensora de los dueños de la ABC- con una embajada en Panamá”, y señaló que “Eduardo Bours sigue protegido por Alfonso Durazo”.
Una denuncia lanzada al viento que, aunque pudiera ser cierta en su contenido, llega con toda la intención blofear desde un espacio de conveniencia política. No es la justicia la que la mueve, sino el cálculo.
La dignidad que persiste
Quienes han sostenido la lucha por justicia no lo han hecho desde la comodidad del Senado, ni con fueros, ni con micrófonos privilegiados. Lo han hecho desde la calle, desde la memoria, desde la herida. Y con el rostro en alto.
El caso ABC no ha terminado. Cada nuevo nombre que aparece, cada carta que pretende revictimizar a las madres y padres, cada intento por sepultar el fuego con declaraciones huecas, nos recuerda que hay heridas que el tiempo no cura.
