Bajo un cielo seco y ardiente, el Río Sonora sigue arrastrando en su cauce no solo aguas estancadas, sino también una memoria rota.
En la reciente reunión entre autoridades federales, estatales y los Comités de Cuenca, la escena fue más una representación teatral que un acto de justicia. Alicia Bárcena, Mariana Boy y Alfonso Durazo se sentaron frente a los representantes del Comité de Cuenca del Río Sonora con promesas en los labios, pero sin el corazón en la tierra. A once años del peor desastre ambiental de la región, el río sigue herido, y sus dolientes —los pueblos que lo habitan—, siguen esperando algo más que palabras.
La tragedia de 2014, causada por la mina Buenavista del Cobre, no solo envenenó el agua: sembró una desconfianza amarga, que florece hoy en cada pregunta sin respuesta.
¿Cómo es posible hablar de presas nuevas cuando aún se ignora el veneno acumulado en El Molinito? ¿Cómo fragmentar un río enfermo sin antes curarlo?
Las autoridades hablan de justicia ambiental como si fuera una meta futura, cuando para las comunidades es una urgencia presente, con niños que enferman, campesinos que pierden sus cultivos, y mujeres que recolectan agua a kilómetros de sus hogares.
El río no ha tenido respiro. Sus compuertas siguen oxidadas, su cauce, interrumpido, y su espíritu, mutilado por discursos oficiales que lo ven más como un recurso que como un ser viviente. La promesa de presas sin acueductos —de obras financiadas por la venta de tierra protegida— suena más a maniobra política que a solución hídrica. Ni el dinero, ni el concreto, ni los anuncios pomposos pueden ocultar que el fondo del problema sigue igual de contaminado que sus aguas.
El Río Sonora no exige modernidad: exige memoria. No necesita más proyectos, necesita reparación. Porque los ríos también tienen alma, y esta cuenca no la ha perdido, solo la han silenciado.
Hoy, cada gota estancada, cada árbol seco en su ribera, cada voz comunitaria que insiste, es testimonio de un crimen impune.
Y hasta que no se sane la herida de fondo —hasta que no haya justicia verdadera—, el río seguirá hablando. Aunque lo tapen de cemento. Aunque lo ignoren desde el poder. Aunque intenten callarlo. Porque los ríos, como las verdades, siempre encuentran su cauce.
